Artículo de opinión | Brandy Berroa
Hay personas que tienen un océano por delante y están muriendo en la orilla. No seas una de ellas.
Hay una imagen que resulta difícil de olvidar: una enorme ballena varada en la orilla de una playa, después de haber recorrido mares y océanos enteros en busca de alimento. Una criatura de semejante tamaño, diseñada para vivir en la inmensidad del océano, puede terminar atrapada en la arena por perseguir un pequeño cardumen. Lo paradójico es que aquella ballena pudo haber encontrado alimento mar adentro. Tenía todo un océano para recorrer y, sin embargo, terminó muriendo en la orilla por algo tan pequeño.
Y entonces pensé en nosotros ¿Cuántas personas están haciendo exactamente lo mismo? ¿Cuántas tienen un océano delante y, sin embargo, están gastando sus fuerzas persiguiendo pequeños cardúmenes? Hay personas con enormes capacidades que viven atrapadas en problemas pequeños. Personas con talento que desperdician sus días intentando demostrarle algo a quienes no creen en ellas. Personas con grandes proyectos que abandonan sus sueños por una crítica. Personas que sacrifican su tranquilidad por una discusión, su dignidad por aprobación, su tiempo por una competencia y hasta sus principios por obtener algo que, visto desde la distancia, probablemente nunca valió tanto.
El problema es que los pequeños cardúmenes suelen parecer importantes mientras los perseguimos. Nos convencemos de que necesitamos alcanzarlos, atraparlos y demostrar que podemos conseguirlos. Y mientras estamos concentrados en ellos, no advertimos que nos estamos acercando demasiado a la orilla.
No mueras por un cardumen. No pierdas años intentando obtener algo que, cuando finalmente lo consigas, descubrirás que no tenía el valor que imaginabas. No sacrifiques tu tranquilidad por una discusión. No entregues tu identidad por aceptación. No abandones tus sueños por una opinión. No cambies una vida de posibilidades por una victoria momentánea.
Ahí comienza la tragedia: lo inmenso termina atrapado por lo pequeño
Quizás una de las grandes dificultades de nuestra época sea precisamente esa: hemos aprendido a darle demasiado valor a cosas que tienen muy poco peso. Una opinión en las redes sociales puede quitarnos el sueño. Un comentario puede cambiarnos el estado de ánimo. Una posición puede convertirse en una obsesión. Un reconocimiento puede determinar cuánto creemos que valemos. Una comparación puede hacernos sentir fracasados, aunque nuestra propia historia esté llena de logros.
Y así, sin darnos cuenta, terminamos midiendo nuestra vida por pequeños cardúmenes (modelos improbables, cuyas vidas no deberían ser el referente para medir la nuestra). ¿Cuánto dinero tienes? ¿Cuántos seguidores tienes? ¿Quién te reconoció? ¿Quién te llamó? ¿Quién te felicitó? ¿Quién llegó primero? ¿Quién tiene más que tú? ¿Quién está delante de ti? Son preguntas pequeñas para vidas que podrían estar ocupándose de asuntos mucho más grandes.
Porque no todo lo que podemos conseguir merece que gastemos nuestra vida persiguiéndolo. Hay batallas que no necesitamos pelear, discusiones que no necesitamos ganar, personas cuya aprobación no necesitamos y puertas que no necesitamos forzar. Hay lugares de los que debemos alejarnos, aunque durante mucho tiempo hayamos querido entrar. Y hay cardúmenes que debemos aprender a dejar pasar.
La vida cambia cuando entendemos que no todo merece nuestra atención. Madurar también consiste en aprender qué ignorar: no responder a todo, no demostrarlo todo, no competir con todos, no explicar cada decisión, no convertir cada comentario en una batalla y no permitir que cualquier persona tenga acceso a nuestra paz.
Porque mientras algunos están ocupados contando los peces pequeños, otros están perdiendo de vista el océano. Y el océano representa todo aquello que verdaderamente importa: nuestra vida, nuestros sueños, nuestra familia, nuestros principios, nuestro propósito, nuestra paz y las oportunidades que todavía tenemos por delante.
Tal vez necesitamos preguntarnos con honestidad: ¿Qué estoy persiguiendo que me está alejando de aquello que realmente quiero alcanzar?
La pregunta puede resultar incómoda, pero es necesaria. Porque quizá aquello que hoy parece urgente no sea importante. Quizá aquello que estamos intentando demostrar no necesite demostración. Quizá estamos intentando ganar una batalla que, en realidad, nos está haciendo perder la guerra.
Hay momentos en los que avanzar significa detenerse. Significa tomar distancia, mirar alrededor y reconocer que estamos demasiado cerca de la orilla. Regresar al mar no siempre significa comenzar de nuevo; algunas veces significa recordar quiénes éramos antes de comenzar a perseguir cosas que nunca debieron convertirse en el centro de nuestra vida.
Las ballenas no fueron hechas para vivir en la orilla. Nosotros tampoco. Tenemos capacidad para crecer, aprender, construir, crear, servir, amar y avanzar. Pero ninguna de esas cosas es posible cuando permitimos que lo pequeño se convierta en el centro de nuestra existencia.
Hay mares que todavía no has cruzado, profundidades que todavía no conoces y caminos que todavía no has recorrido. Quizás lo que necesitas no es perseguir más, sino elegir mejor qué perseguir.
Porque una de las mayores tragedias de la vida no es tener poco, sino tener mucho y desperdiciarlo persiguiendo lo pequeño.
“No cambies tu océano por un charco. No permitas que un pequeño cardumen te haga olvidar la inmensidad del mar”.
“No mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas”. 2 Corintios 4:18


1 Comentarios
Muy fuerte
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